Fundación para la Prevención de la Muerte Súbita

 13 de Diciembre de 2017 13:59

El padre que lucha contra la muerte súbita


 

Buenos Aires - Clarín 28/11/2015

 

El doctor Bombau estaba en su oficina del microcentro porteño cuando su esposa lo llamó al celular: “Jorge, andá para el Club de Amigos que me dicen que Beltrán se desmayó”. Bajó a la calle San Martín, caminó unos pocos metros hasta Corrientes y paró un taxi. Le pidió al chofer que fuera rápido, y mientras se aceleraban el auto y el corazón, el doctor pensó que no podía estar sucediendo nada bueno.

El doctor Bombau estaba en su oficina del microcentro porteño cuando su esposa lo llamó al celular: “Jorge, andá para el Club de Amigos que me dicen que Beltrán se desmayó”. Bajó a la calle San Martín, caminó unos pocos metros hasta Corrientes y paró un taxi. Le pidió al chofer que fuera rápido, y mientras se aceleraban el auto y el corazón, el doctor pensó que no podía estar sucediendo nada bueno.

Tampoco imaginaba lo que iba a ver pocos minutos después, cuando llegó. A su esposa llorando sobre el cuerpo de su hijo de 14 años y gritando la pregunta. Por qué. Un médico cree que está acostumbrado a la muerte hasta que la muerte viene por todo. Entonces el doctor se vuelve escombros. Y sólo queda un papá desnudo.

Beltrán estaba corriendo para una competencia del colegio. ¿Cómo era posible? La noche anterior había estado festejando el cumpleaños de Luz, su mamá. A la mañana ella lo llevó a la escuela. El sabía que tenía un día exigente: “No te preocupes, mamá, todo va a salir bien”, le dijo al bajar del auto.

Poco después del mediodía ya integraba el equipo Rojo, que debía hacer un recorrido de 2.400 metros con desniveles. La actividad se llama cross country. Era abril y hacía calor. Eran poco más de las dos de la tarde y no hacía mucho que los chicos habían terminado de almorzar. El equipo Rojo enfrentaba al Verde y al Azul. Y en la carrera era clave el promedio entre todos los corredores, de modo que importaba tanto el tiempo del primero como del último. Beltrán empezó a sentirse mal cuando le faltaban pocos metros y antes de la meta directamente se dio por vencido. Exhausto, fue a sentarse a una de las tribunas que rodeaban la pista de atletismo. Pero la capitana de los Rojos fue a darle aliento: “Dale, tenés que cruzar”. Beltrán sonrió y encaró los metros finales caminando. “No puedo más”, alcanzó a balbucear, antes de desplomarse sin conocimiento.

Ahí los testimonios hablan de una médica que se acercó en un carrito de golf con un estetoscopio. De un profesor que habló por el micrófono y les dijo a los otros chicos que no se acercaran porque había un alumno que se sentía mal. De una ambulancia que llegó a los 20 minutos sin desfibrilador. Y de una segunda ambulancia que llegó a los 45 minutos con desfibrilador. Demasiado tarde.

“Lo increíble es que había un desfibrilador a 70 metros de donde cayó Beltrán y nunca lo usaron. Yo lo vi. Fui y pregunté ‘¿por qué no usaron el desfibrilador con mi hijo?’. Y trataron de explicarme un protocolo donde primero se hacen masajes de resucitación cardíaca y recién después se usa el aparato de reanimación. Pero no sabían que yo era médico. Pensaban que Beltrán era un número más y no lo era. Es mi hijo. Y no lo tenemos más porque ellos no hicieron lo que tenían que hacer”, dice ahora el doctor Bombau. Ellos son los profesores de Educación Física del exclusivo colegio Palermo Chico y la médica del Club de Amigos que estaban en ese momento en el lugar. Ahora hay una causa penal que investiga el caso bajo una carátula de “muerte dudosa”.

Esa muerte absurda transformó por completo la vida de los Bombau. De Jorge, médico ginecólogo y obstetra desde hace más de 30 años, de su mujer Luz, de su hijo mayor Nacho. Jorge encontró entonces que twitter, esa red social que hasta entonces usaba para bromas o comentarios superficiales, podía ser su ventana al mundo. Y empezó a subir allí todo el material que encuentra para concientizar sobre la necesidad de tener desfibriladores en lugares públicos y de enseñarle al común de la gente a utilizarlos y a hacer masajes de reanimación (RCP), porque siguiendo un sencillo protocolo se pueden salvar vidas.

En su campaña solitaria y perseverante lo acompañan algunas celebridades. Sus textos son retuiteados todo el tiempo por las actrices Carla Peterson y Eleonora Wexler, solidarias con su causa. La cuenta del doctor Bombau es @yanquee, por el apodo con que sus compañeros del colegio lo llamaban cuando regresó a La Plata después de vivir siete años en Estados Unidos.

El médico habla de la cadena de la supervivencia, con tres primeros pasos bien marcados: llamar a la ambulancia, hacer masajes de reanimación cardíaca y usar un desfibrilador. “Si cualquier persona ve a alguien que está sufriendo un ataque cardíaco y deja de respirar, con esos tres pasos y en menos de 5 minutos le salva la vida. Es así. Los casos donde la gente reacciona y el corazón recupera los latidos son mucho mayores a los que ya no hay nada que hacer”.

“La fatalidad no es la muerte súbita. La fatalidad es que cuando alguien tiene un ataque y está siendo visto por otra persona, ésta no sepa cómo salvarlo. Eso es una cuestión simple que tiene que enseñarse en las escuelas y que el Estado debe difundir. Tiene que haber desfibriladores en el subte, en todos los estadios de fútbol (Boca e Independiente los tienen) y en todos los lugares públicos, como si fueran matafuegos. Y su uso es muy fácil, porque son automáticos”.

Los desfibriladores son sencillos aparatos que con una descarga eléctrica sobre el tórax pueden hacer latir nuevamente a un corazón que se detuvo. Su eficacia es máxima si se lo utiliza inmediatamente sobre el paciente, y va perdiendo efectividad con el paso de los minutos de ocurrido el paro cardíaco.

Este año se sancionó una ley nacional que obliga a instalar desfibriladores en lugares públicos y privados de concurrencia masiva, como los shoppings, pero aún no fue reglamentada. Esta semana murió un chico en un torneo de fútbol donde participan 2.000 jugadores amateurs. Se le detuvo el corazón en una cancha de Benavídez y no había desfibriladores, ni médicos, ni ambulancias. Aún hay mucha muerte evitable en el país precario.

Bombau repite cifras de memoria. Que en el mundo hay 7 millones de muertes súbitas al año; que son 350.000 en Estados Unidos y 40.000 en la Argentina. Que el 70 por ciento de ellas ocurre fuera del ámbito hospitalario y en sitios donde la persona que sufre el ataque suele estar con otras personas que presencian el momento. En Suecia, más de la mitad de esas personas llegan vivas al hospital. En Argentina, menos del 5 por ciento.

Como su propio hijo. “La competencia así, tan dura, es nociva para los chicos de esa edad. ¿Sabés lo que es tener 14 años y sentir que todo el equipo depende de vos y vos no das más, y seguís corriendo por el orgullo o el miedo a ser el mantequita o a que te hagan bullying? Esas cosas deben reformularse en los colegios”.

La autopsia determinó luego que Beltrán tenía una cardiopatía hipertrófica congénita, de esas que no se detectan en los análisis comunes. Su padre sostiene que el corazón tuvo una falla eléctrica debido al esfuerzo y que con el uso de un desfibrilador se subsanaba. Que la diferencia entre la vida y la muerte fue que a nadie se le ocurrió correr esos 70 metros y volver con el aparato para actuar enseguida. Beltrán era deportista: jugaba al tenis y hacía su vida normal, como cualquier adolescente.

En la Justicia las partes invocan sus argumentos. El Colegio y el Club siempre hablaron de accidente y fatalidad, y la causa continúa sumando testimonios antes de definirse. Al doctor Bombau le queda una espina grande, enorme. “Cada tanto llamo al Colegio nada más para que me pidan perdón, pero no hay caso. No me atienden, no me dicen nada. Eso es muy doloroso para un padre. Es desgarrador que crean que tu hijo pasó por ahí como si hubiese sido un número más. Tampoco pude hablar nunca con los profesores de Educación Física. Nunca me dijeron pasó esto o aquello. O disculpe señor. Nada. Fue la muerte de mi hijo y, detrás de eso, nada”.

Actuar rápido es clave. Después del ataque, cuando el corazón se detiene, “con cada minuto que pasa se mueren un millón de neuronas y se pierde un 10% de posibilidades de sobrevivir. Alguien que se cae en la calle y deja de respirar no está muerto. No todavía. Se le puede salvar la vida, por Dios, el Estado tiene que hacer campañas para preparar a la gente común. Porque los bomberos, los policías, los enfermeros o médicos sabemos qué hacer, pero la mayoría de la población necesita educarse para eso. Se salvan vidas. Muchas. Tenemos que empezar de una vez por todas”.

El doctor se entusiasma y se imagina una ley reglamentada pronto, desfibriladores en todos los lugares públicos –como vio recientemente en Holanda– y ciudadanos preparados para las emergencias. Ese es el mundo que impulsa desde la ventanita del twitter de su celular. Su campo de batalla. “Este es mi motivo de vida”, dice. Pero enseguida corrige: “No me olvido de que tengo otro hijo y una mujer que me ama”.

Bombau dice que extraña demasiado a Beltrán. Que él lo acompañaba siempre a votar y ahora le faltó. Esa ausencia es una sombra enorme que va con él a todos lados. Los 3.000 seguidores en twitter son un deber. Un surco para tirar la semilla de la conciencia que puede salvar una vida hoy, o mañana, o el mes que viene. Una sola vida salvada valdrá la pena. Y entonces hace rollitos que envuelve y desenvuelve con la servilleta del café, mientras mira al vacío. Y repite lo que le dijo un cura de Luján. Que a veces El Diablo se sienta en una reposera a mirar cómo los humanos le facilitan las cosas. Y vuelve a hablar de leyes, de estadísticas, de sístoles y diástoles que explica hasta que las palabras lo arrastran de nuevo hasta Beltrán. Y ése vuelve a ser el punto en que el médico se esfuma. Y es, otra vez, un papá que llora.

 

Por Héctor Gambini

 

Link: http://www.clarin.com/sociedad/muerte-subita-bombau_0_SktE3kKD7x.html



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